MOSCÚ

La cruel vida de las siamesas que la URSS utilizó como cobayas

Esta semana se ha publicado la última novela de la periodista Juliet Butler, que conoció en profundidad a Masha y Dasha Krivoshlyapova antes de su muerte en el año 2003

Sucesos del Mundo - 27/08/2017

En 1988, los telespectadores rusos descubrieron a Masha y Dasha Krivoshlyapova en el programa de televisión 'Vzyglad'. Las dos hermanas, que por aquel entonces tenían 38 años, pedían al Estado que fuesen trasladadas a otra institución mental donde pudiesen disfrutar de una mejor vida. La apariencia de las gemelas siamesas llamó inmediatamente la atención de los espectadores: Masha y Dasha tenían dos cabezas, dos torsos, dos piernas (una tercera había sido amputada en 1968) y dos brazos (una extremidad e inferior por cada una de ellas). Y aunque no pudiese verse a simple vista compartían un único sistema circulatorio pero cada una tenía su propio sistema nervioso, lo que las convertía en un caso excepcional en la historia de la medicina.

La historia de las Krivoshlyapova es una de las más terribles en la historia de la URSS, aunque la periodista Juliet Butler prefiera destacar su coraje para salir adelante a pesar del horror y las dificultades. La autora acaba de editar 'The Less You Know the Sounder You Sleep' (Fourth State), una novelización de la vida de las gemelas que reescribe la biografía que publicó en el año 2000, y de la que ahora reniega porque Masha decidía qué se publicaba y qué no. Butler conoció a las hermanas en 1988, y durante una década y media, hasta su muerte en 2003, se convirtió en confidente, amiga e incluso cuidadora de las Krivoshlyapova.

Nada más nacer, se le dijo a su madre que habían muerto de neumonía y se les entregó al médico Pyotr Anokhin para que experimentase con ellas.

El libro, eso sí, no será publicado en Rusia, puesto que sus protagonistas no lo habrían deseado, asegura la periodista. A pesar de que en medio de la apertura a Occidente de la URSS la actitud de los ciudadanos fue positiva hacia ellas, como ejemplo extremo de víctimas del lado más oscuro del estalinismo y la experimentación científica, pronto se convirtieron en protagonistas habituales de los tabloides en reportajes que mentían acerca de sus costumbres y su vida sexual. Esto es lo que sabemos de ellas.

Una infancia en el laboratorio

Masha y Dasha nacieron en Moscú en 1950, después de dos días y dos noches de parto. Fueron apartadas al instante de su madre, Yekaterina, a la que primero se le dijo que había dado luz a un monstruo y, más tarde, cuando una enfermera le mostró que sus hijas estaban muertas, que habían muerto de neumonía. La realidad era muy diferente, y los responsables del hospital se dieron cuenta de que finalmente habían encontrado lo que Pyotr Anokhin, el Herodes de la historia, llevaba buscando años: unos gemelos siameses que permitiesen estudiar el funcionamiento del sistema de circulación y el neuronal. En apenas unos días, las gemelas habían caído en las manos del biólogo pupilo de Ivan Pavlov.

Durante los siguientes años, como explica Butler en una entrevista concedida a 'MacLean's', se convirtieron en “los conejillos de indias ideales”. Los diversos experimentos realizados en el Instituto Pediátrico de la Academia de Ciencias Médicas fueron terribles, incluso después de que Anokhin fuese exiliado por Stalin a causa sus argumentos genéticos sobre la naturaleza humana: envolverlas en hielo, quemarlas, privarlas de sueño, llevarlas al borde de la muerte por hambruna, electrocutarlas o inyectarles yodo radiactivo, todo ello con el objetivo de comprobar qué efecto causaba esa tortura en su siamesa. Se les extraía sangre tres veces al día y a menudo eran intubadas.

El proceso se alargó durante 12 años. Todo cambió con la muerte de Stalin y la llegada al poder de Nikita Kruschev, que dio carpetazo a los oscuros experimentos científicos realizados durante las décadas anteriores. En 1956, se las transfirió al Instituto de Investigación Científico Central de Traumatología y Ortopedia de Moscú, donde aprendieron a andar y se les proporcionó educación básica, aún ocultas a los ojos de la sociedad rusa. Cuando en 1964 comenzó a circular el rumor de que una niña con dos cabezas vivía oculta en el Instituto, se les trasladó a otra institución para niños con problemas de movilidad en Novocherkassk. Fueron años felices para ellas, al menos hasta 1968.

Las hermanas cayeron en el alcoholismo: a pesar de que solo Dasha podía beber, ambas se emborrachaban si consumían alcohol

Fue entonces cuando Dasha se enamoró de Slava, un compañero que Masha no aprobaba, lo que llevó a la primera a intentar suicidarse. Fueron declaradas inválidas, por lo que se les arrebató el derecho a ser independientes y a trabajar. “Vivieron en cinco instituciones del Estado diferentes”, explica Butler. “Cuando las conocí se habían 'escapado' de un Hogar para Veteranos de guerra”. Las Krivoshlyapova pasaron 20 años en dicha habitación “horrible y oscura”, con una pequeña cama donde dormían con las piernas colgando, un pequeño retrete y un desagüe. “Pensar que pasaron 20 años ahí es alucinante”. A mediados de los 80, no obstante, consiguieron reencontrarse con su madre, a la que vieron a menudo hasta que Masha decidió romper la relación para siempre en 1989.

Celos y miedo

Su vida cambió ligeramente al conocer a la periodista, que se topó con dos personalidades casi opuestas. A simple vista, Masha era simpática y bromista, mientras que Dasha parecía introvertida. A medida que las conocía, Butler se dio cuenta de que la primera era “egoísta, abusadora, avariciosa pero encantadora”. Su hermana Dasha, que bajo su apariencia reservada ocultaba una persona amable, gentil y generosa, la reconocía como la parte fuerte de la pareja. El problema para esta última es que, a diferencia de su fría hermana, era mucho más empática, por lo que le resultaba difícil aceptar su condición. Masha, por el contrario, “disfrutaba en algún sentido de ser tan especial”.

Eso también se reflejaba en la relación que mantuvieron con la periodista: “Dasha era inquisitiva e inteligente, así que estaba interesada en hacerme preguntas sobre la vida en Occidente y qué me parecía vivir en Rusia”, explica. “Masha tan solo me quería para comprar productos occidentales de las tiendas para extranjeros”. Su sexualidad también era muy diferente. Butler sospecha que Masha era lesbiana y que estaba secretamente enamorada de Lucia, otra compañera. Además, obligaba a Dasha a llevar el pelo corto y a no maquillarse. La periodista incluso llega a sugerir que Masha podía estar interesada en ella, ya que le besaba “hasta que resultaba raro”.

La autora no fue capaz de esclarecer si llegaron alguna vez a hacer el amor. Dasha aseguraba que lo había hecho con Slava una noche que se emborrachó para evitar que Masha le golpease, algo que solía hacer cuando lo intentaban. El sexo siempre fue una barrera entre las dos, que ya mantenían una relación suficientemente complicada de por sí, en la que Masha actuaba como una agresiva y violenta líder y Dasha, a pesar de sus deseos por conocer a hombres, tenía que acatar los deseos de su hermana. El poco aprecio de la periodista por Masha es patente, y la califica de “psicópata”: “No tenía ninguna empatía, era brutal, manipuladora, patológica, mentirosa y arrogante”.

Masha desechó la opción de ser separadas que les ofreció el cirujano británico Lewis Spitz

Durante los 90, las hermanas cayeron en el alcoholismo, a pesar de que solo Dasha podía beber (un reflejo de Masha se lo impedía), pero debido a que compartían el mismo torrente sanguíneo, ambas se emborrachaban. Los periodistas empezaron a verlas como un blanco fácil y uno de ellos se hizo pasar por un especialista en adicciones que quería ayudarlas a que dejasen de beber. El resultado fue un denigrante artículo que las presentaba como “dos feas borrachas y degradadas que hacían el amor todo el tiempo”. Nada que ver con la realidad, recuerda la autora.

Reconciliación final

Sus últimos cinco años de vida fueron relativamente más fáciles, gracias en parte a la ayuda de la tía Nadya (Nadezhda Gorokhova), una fisioterapeuta que habían conocido en su infancia, y que las acompañó hasta el final. Masha dejó de golpear a su hermana, y esta adoptó un papel más fuerte. Hasta llegaban a pasarlo bien. “Había un mayor sentimiento de bienestar, pero no de felicidad”, explica la periodista. “Consiguieron amarse a un nivel más profundo”. Su fama global, gracias a su aparición en un programa de la 'BBC' y la publicación de su biografía, no cambió sus vidas ni las sacó de la institución en la que estaban. Se gastaron los 12.000 euros que aproximadamente recibieron en algún capricho –comida, cigarrillos, un ordenador– y el resto lo ahorraron. Masha descartó la opción de ser separada de su hermana propuesta por el cirujano británico Lewis Spitz.

Su final a los 53 años fue tan terrible como los peores momentos de su vida. Masha empezó a quejarse de un dolor de espalda el 13 de abril de 2003, pero nadie llamó a una ambulancia ni la mujer atención médica. Finalmente murió de un infarto al día siguiente, y el cuerpo fue trasladado al hospital. Los médicos mintieron a Dasha, asegurándole que simplemente estaba dormida. Esta murió otras 17 horas más tarde, a causa de la contaminación causada por las toxinas del cuerpo en descomposición de su hermana. El dinero que habían guardado durante todo ese tiempo desapareció.

Su cadáver fue incinerado a petición de las hermanas, ya que no querían que fuese utilizado ni una vez más con fines científicos, y los restos se encuentran en el cementerio de Novodevichy. Sus compatriotas no conocerán esta nueva visión más psicológica y menos periodística de su caso, según Butler, porque preferían caer en el olvido a ser recordadas como las tristes hermanas Krivoshlyapova. Curiosamente, este nuevo libro se llama exactamente igual (“Cuanto menos sabes, mejor duermes”) que el libro que el periodista David Satter publicará el próximo otoño y que lleva el subtítulo de “La carrera de Rusia hacia el terror y la dictadura bajo Yeltsin y Putin”. Una coincidencia poco halagüeña.

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